Historia de la textilería Azteca
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Aztecas

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LOS AZTECAS

Los aztecas fueron los últimos en llegar a la región de la meseta central de México. Ellos fundaron la capital de su civi­lización, Te­nochtitlán, hacia el año 1325 de nuestra era.

Tenochtitlán estaba ubicada en una isla, en medio de los lagos que ocupaban en esa época el centro del Valle de México. A su alrededor, los aztecas habían hecho un sistema de di­ques y cana­les para evitar inundaciones.

Desde 1376 -fecha de la elección del primer monarca azteca- hasta 1520 -en que se produce la guerra con los conquistadores- este pueblo aumentó su dominio en la región sobre la base de una confe­deración integrada por tres ciudades: Tenochtitlán, Texcoco y Tacuba, cuyo poderío se extendió por el centro, sur y parte del este del actual territo­rio mexicano.

En la época de su último jefe, Moctezuma (1502-1520), los azte­cas llegaron a su máximo esplendor. Sin embargo no eran una na­ción en el sentido moderno de la palabra: faltaba una verdadera unidad cultural, lingüística y social. Dentro del imperio, los pueblos sometidos debían pagar fuertes tributos, las sublevacio­nes eran frecuentes y el estado de guerra casi permanente.

El monarca («tlacatecuhtli», señor de hombres o de guerre­ros) era elegido por un consejo de grandes señores. Como jefe supremo ejercía funciones militares, civiles y religiosas, pero su cargo no era hereditario.

La sociedad

Estaba dividida fundamentalmente en dos estratos: los sacer­dotes y los nobles, por un lado, y por el otro, los plebeyos. En el me­dio, se encontraban los artesanos y comerciantes. La unidad so­cial más pequeña era la familia.

Varias familias formaban un «calpulli», que era una organi­zación fundamental para la produc­ción. La estructura social de la ciudad se sustenta­ba en 20 «calpu­lli», cada uno de los cuales elegía un jefe o «cal­pu­llec», cuya función con­sistía en proteger y defender su juris­dic­ción y en mantener al día el registro de las tierras pertene­cien­tes al calpulli.

Otro importante funcionario, el «te­cuhtli» era el encargado de dirigir las tareas policiales y el recluta­miento de los futu­ros guerre­ros, en tanto un sacerdote atendía todo lo relacionado con el culto religioso. Existía ade­más un consejo de ancianos que aseso­raba al calpullec.

Fue la cultura prehispánica que alcanzó mayor poderío econó­mi­co y militar. La agricultura fue su actividad económica funda­men­tal y el maíz, su alimento básico. La religión junto con la gue­rra fueron los pilares fundamentales de su brillante impe­rio.

Los mercados constituían grandes centros de intercambios. En ellos se concentraba toda la producción, a tal punto que su gran variedad, riqueza y colorido impresionaron vivamente a los con­quistadores españoles cuando arribaron a Tenochtitlán.

La religión

Los aztecas adoraban a numerosos dioses. Eran politeístas, al igual que los mayas. En los dioses veían reflejadas sus ideas sobre la vida y los fenómenos naturales. Entre los más populares e importantes se encuentran el dios del Sol, Tonatiuh, y Meztli, la Luna; Huitzilopochtli, colibrí zurdo, dios principal de Te­nochtitlán y deidad de la guerra; Quetzalcóatl, serpiente emplum­nada, dios de los vientos.

Los aztecas tenían dos tipos de calendarios; uno se basaba en los movimientos del sol y se usaba para ordenar la agricultu­ra. Tenía 365 días como el nuestro. El otro era un ca­lendario ritual mágico y sagrado y según parece se guiaba por los movi­mientos de Venus.

Los templos se construían para adorar a los dioses. Estaban ubi­cados en el centro de la ciudad, frente al palacio real. Esta­ban hechos de piedra y argamasa, y cubiertos por fuera con figu­ras talladas en forma de pirámides con la cima plana. Cada 52 años se cumplía un ciclo del calendario azteca; con esa frecuen­cia ellos le agregaban a los templos principales una capa más y volvían a encender el fuego nuevo de la ciudad.

Los sacrificios

Al creer que los dioses regían las fuerzas universales era preci­so que el hombre participara entregando su sangre como ali­mento de la divinidad a manera de compensación.

El sacrificio más común que efectuaban los sacerdotes, con­sis­tía en arrancar el corazón a la víctima, cuya carne después era comida. Había épocas consagradas a la inmolación de niños y man­cebos. Se ofrendaban víctimas para solicitar de los dioses llu­vias, buenas cosechas u otros beneficios considerados divinos
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